lunes, 10 de febrero de 2025
viernes, 22 de enero de 2010
Naturaleza Humana: Apocalipsis Nuclear

Ensayo – Ficción “Naturaleza Humana: Apocalipsis Nuclear”.
Un ser sobrenatural relata las causas que han originado la guerra mundial
nuclear, el fin del mundo debido a la naturaleza humana, y detalla, asimismo, sus
consecuencias devastadoras. El ser inmortal ha sobrevivido a la hecatombe y, de
forma objetiva, reflexiona minuciosamente sobre las emociones inherentes al ser
humano y su comportamiento a lo largo de los siglos, que finalmente culminaron provocando
el armagedón. Si conocemos este posible futuro, quizá podamos evitarlo.
Este Ensayo - Ficción lo escribí hace unos años y le dedico un blog exclusivo debido a su extensión.
domingo, 5 de octubre de 2008
Pasión
Una ardiente pasión recorre
cada recodo de mi cuerpo, incontenible somete todo mi ser. Tu mirada
fulgurante, amada mía, me ciega como la luz de una supernova en el firmamento
antes de que mi alma sea absorbida por tus preciosos ojos. Tu melodiosa voz,
cual canto de una sirena, enturbia mi razón imposibilitando cualquier fugaz
pensamiento en el que tú no te muestres. Tu tierna sonrisa logra desbocar mi
corazón hasta oírlo martilleando mis sienes. La brisa sopla y tu sedoso cabello
navega suavemente en ella. Tu presencia desasosiega a este pobre mortal al
contemplar extasiado esa belleza cuya perfección rivaliza con la de una diosa.
Mi vida es un mísero presente para ti, mas sin embargo te pertenece
incondicionalmente.
La visión de tus esculturales curvas inunda mi cuerpo de una energía tal que puede demoler montañas. Cada pelo de mi cuerpo se endereza para poder estar más cerca de ti. Mis músculos vigorizados y tensos como los de un semental, se llenan de sangre ensanchando las venas hasta el límite. La pasión tiene un sabor dulce en mi boca y mis labios se aprietan para confinarla. Mis ojos se entrecierran pues el deseo es tal que logra irritarlos. Gimes gozosamente ante mí, sabiendo que muy pronto no podrás hacerlo más, pues tus fuerzas se extinguirán por el sumo placer. Gritas mi nombre antes de quedarte afónica de satisfacción. Nos fundimos con frenesí hasta convertirnos en uno. Antes yo era tuyo, ahora soy una pequeña y humilde parte de ti.
sábado, 13 de octubre de 2007
Crimen
Recuerdo haberme fijado en el hombre
cuando atravesó la puerta, sus ojos sanguinarios reflejaban la maldad de la que
haría gala. Sacó una pistola, una semiautomática de
Golpeó violentamente las baldosas con su
espalda y se retorció aullando de dolor. La pistola deslizó por el piso girando
sobre sí misma y terminó chocando contra una pared. La fuerza del impacto,
debido a la rapidez, provocó que se disparase. La bala acertó en la cabeza del
homicida, que convulsionaba dolorido en el suelo; murió en el acto. El piso se
tiñó de rojo, la sangre fluía como si fuera un manantial del mismísimo
infierno. El horror arrancó alaridos ensordecedores de las bocas de los
presentes; todo había terminado ya, pero había sido una experiencia demencial
para todos. El azar o el destino hicieron que el criminal recibiera el mismo
daño que causó. La diferencia estriba en que él decidió matar a alguien
inocente, en cambio la chica no le había ocasionado daño alguno, él eligió
cometer el crimen sin provocación previa; además, su muerte no le devolverá la
vida a la joven.
Hace un tiempo tuve un encuentro con un vampiro del cual conseguí salir ilesa (Hechos relatados en Terror II). Fue un verdadero milagro. El asesino inmortal se había cobrado incontables vidas durante toda su existencia. Estaba en su naturaleza torturar y matar. El homicida que murió en el banco no era muy distinto, igualmente era un monstruo, aunque fuera humano y no un ser sobrenatural. Su naturaleza era similar, también estaba en ella hacer daño y matar. El terror que experimentamos todos en esa situación límite, no ha sido tan diferente al causado por el vampiro. Millones como ese criminal hay en todo el planeta. Pero aparte de los asesinos, no hay ninguna duda de la naturaleza autodestructiva inherente al ser humano.
No sé cuántos vampiros más habrá sobre la
faz de la Tierra. Quizá haya otras clases de monstruos y demonios que yo
desconozco. Sin embargo, ellos no son el problema de la especie humana. El
problema es la propia naturaleza del ser humano. No nos hacen falta seres
infernales ni Anticristo alguno para destruirnos; lo sucedido en el banco lo corrobora.
En las Sagradas Escrituras se trata el fin del mundo, el Apocalipsis. Me pregunto si el mismo será causado por las hordas del Mal o por el Mal de la propia naturaleza humana. Da que pensar…
viernes, 12 de octubre de 2007
Escribo, luego Existo
En el mar en calma de la
animosidad azota el viento huracanado de la incertidumbre. El conocimiento es
abatido por las olas encrespadas de la incredulidad. La tempestad arrecia
enfurecida en la vasta llanura de la confianza. El poseído mar embravecido la
inunda sumergiéndola en la más profunda de las inseguridades. Destino incierto
le aguarda a la una vez floreciente y frondosa confianza. La racionalidad ha
sido apresada por la fuerza abrumadora de los sentimientos conquistados por la
vorágine tempestiva.
El rey lo observa majestuosamente erguido
con mirada desafiante y sus cuatro pies firmemente clavados en la una vez
fértil tierra. Un terrible ciclón lo golpea, su melena ondea con fiereza por la
impetuosa tormenta, mas con tesón mantiene su gallarda realeza. Un fuerte
rugido sale con bravura de lo más profundo de su alma penetrando ensordecedor
en cada rincón del terreno atacado por la irascible tempestad.
Las recias
cadenas se rompen, la racionalidad es libre de nuevo. Estalla en una
devastadora explosión luminosa solamente comparable a la muerte de una estrella
en el firmamento. La balanza oscila, finalmente se decanta.
La en principio imbatible tempestad cesa
derrotada y el agua marina se retira de nuevo animosa. Los rayos del Sol de la
amistad se reflejan en los claros ojos del rey secando la extensa llanura. La
verdad se revela cegadora.
En innumerables ocasiones a lo largo y en
distintos niveles de la existencia se ha perdido de vista la esencia.
Desamparada fue ocultada a la racionalidad. Y sin esencia en sus diferentes
ámbitos, la existencia se vio maltrecha y mermada a merced de los imponderables
de la vida. El grito del rey fue la chispa que detonó la explosión de verdad en
una profunda y compleja reflexión sobre la esencia en todos sus estadios.
Absurdo es aquel que no cree en sí mismo,
mas quien ni siquiera se conoce es un necio.
Es Tiempo de Escribir, pues forma parte de la esencia. La máxima se ha revelado, Escribo, luego Existo.
jueves, 11 de octubre de 2007
2 relatos: Una noche mientras dormía / Cuando el infierno reclama tu alma
Una noche mientras dormía
me ocurrió algo increíble. Llevaría un par de horas dormido cuando sentí una
carga encima de mí, como si algo me aplastase contra la cama, intenté
despertarme, pero no podía, cosa extraña ya que tengo el sueño ligero y casi
cualquier cosa me despierta fácilmente. Me esforzaba en despertarme, mas no lo
conseguía, era como si algo controlase esa fase del sueño no dejándome escapar
de ella. Seguí sintiendo esa fuerza aplastándome, notaba como el colchón se
hundía por el peso extra. Luché por despertarme, pero era inútil, en sueños
grité de rabia, cada vez con más fuerza. De repente oí mi grito, mis cuerdas
vocales lo emitieron, conseguí que ese alarido pasase de la fase inconsciente a
la consciente, en ese momento me desperté por el fuerte rugido que produje, de
alguna manera traspasé esa barrera que separaba las citadas fases a través del
chillido y conseguí acceder a la consciencia que me era privada. Raudo y
totalmente despierto me dirigí al interruptor de la luz. Antes de encenderla vi
un destello rojo en la oscuridad, también me pareció oír un pequeño murmullo,
algo gutural.
Mi corazón latía apresuradamente, ya
estaba totalmente consciente y estaba seguro de no haber soñado ni el destello
ni el murmullo. Sentí una presencia en la habitación; y no era mi miedo. Miré a
todos lados, no vi nada. Al final desconcertado opté por dormirme de nuevo, yo
no creía en lo sobrenatural, así que no le di mayor importancia. Seguí
sintiendo la presencia, pero recurrí a mi mente coherente decidiendo que alguna
explicación lógica tendría todo eso, y la verdad importaba poco cual si asumía
que era racional y no espiritual, así que resolví intentar dormir de nuevo. Lo
conseguí al cabo de cierto tiempo.
Al poco volví a notar algo extraño, ya no
era un peso que me aplastase contra el colchón, ahora era algo que tiraba de
mí, sacándome de la cama y hundiéndome en el suelo, en una especie de
inframundo siniestro. Pero tenía la sensación de que dejaba mi cuerpo atrás, me
despojaban de él y me hundía en algo tenebroso. Otra vez no podía despertarme,
veía una cegadora luz roja y una pequeña sombra oscura que emitía un ruido
parecido al de un perro iracundo. Grité de nuevo, di un golpe al aire con el
puño hacia delante. Me desperté, no estaba en el suelo, estaba en mi cama, pero
la mano me dolía y no había la posibilidad de haber golpeado la pared ni nada,
pegué al aire hacia delante, me desperté justo en ese momento y el puño estaba
en el vacío. Estoy seguro de no haber golpeado nada físico. La mano me dolía
cada vez más, durante varios días tuve un pequeño moratón. Mi corazón latía
cada vez más fuerte, pero ahora era por la rabia, noté que mis músculos se
llenaban de una energía impresionante. Obviamente estaba produciendo una
ingente cantidad de adrenalina. Mis ojos se colmaron de sangre, lo sé porque me
picaban intensamente, mi pecho se agrandó por el aire que cogieron mis
pulmones, las venas de mis brazos se ensancharon, sentí que debía atacar, aunque
no sabía a qué. Fue una sensación extraña, algo primitivo, como una presa que
se siente acorralada y para defenderse se prepara a asestar un único golpe con
toda su fuerza. En ese momento sentí como si pudiera tirar la pared de un solo
puñetazo. Entonces la lámpara se movió en el techo, como si hubiera una
corriente de aire, pero todo estaba cerrado. Luego un sonido en los libros de
mi estantería. Y finalmente el silencio más absoluto. Dejé de sentir la
presencia.
Algo vino
a por mí una noche mientras dormía, lo sé. No sé qué era, ni cuales eran
exactamente sus intenciones. Pero sí sé una cosa. Volverá.
María duerme. Le ha costado
mucho hacerlo, el miedo y el estrés se lo impedían con tesón; tiene verdadero
pánico a quedarse dormida. Pero el cansancio finalmente la ha rendido. Padece
de insomnio desde hace tiempo, descansa poco, pero llega un momento cada noche
en que el agotamiento la vence debido a la falta de sueño y a la angustia
acumulada por él durante el día, aunque siempre vuelve a despertarse al poco de
cerrar los ojos, con horribles pesadillas, acumulando más fatiga y amargura.
De repente, siente algo ya cotidiano para
su desgracia. Su psicólogo le ha dicho que es precisamente debido a ese
cansancio acumulado, que se salta algunas fases del sueño y eso la hace soñar y
tener esas sensaciones, pero para ella son demasiado reales, y sólo al
despertarse encuentra paz, pero para caer de nuevo en la tortura del insomnio.
Su cuerpo se aplasta contra la cama, como si algo la
empujase. Nota como el colchón se hunde por su peso, como si este fuera mucho
mayor, y como se aprieta su cara contra la almohada. Tiene la necesidad de
despertarse, pero necesita dormir, así que intenta obviar lo que sueña como le
ha recomendado su psicólogo.
Entonces un destello rojo, acompañado de
un murmullo gutural. El terror la inunda, su corazón se acelera, suda. Podría
despertarse si quisiera porque, aun durmiendo, es consciente de lo que pasa, y
se ha despertado muchas veces en otras ocasiones, cuando la sensación de ahogo
y el horror quebraban sus nervios. Pero su psicólogo le recomendó que no lo
hiciera, solo son sueños inofensivos y ella debe dormir porque lo necesita como
cualquier ser humano. Su semblante se contornea por el espanto, pero opta por
intentar relajarse, no hacer caso de lo que siente; debe dormir.
Entonces la alucinación cambia. Ahora
nota como si una fuerza invisible la arrastrara hacia el suelo; tira de ella
arrancándola de la cama. Sabe que no es así, que sigue en su lecho, que solo es
un delirio. El suelo se abre, una intensa luz roja emerge de la grieta y la
ciega. Gira la cabeza hacia atrás para proteger sus ojos, esos que tiene
cerrados, pero sigue viendo, aun cuando no lo desea. Y entonces, ve su cuerpo
en la cama, ve su rostro deformado por el terror. Siente que se hunde, que está
abandonando su cuerpo y su alma se desploma en un abismo de un rojo infernal,
en una especie de inframundo siniestro.
Lucha por despertarse, pero ahora no
puede. Es como si algo se lo impidiese de alguna manera; percibe, nota, que la
consciencia está ahí al lado, pero no puede acceder a ella. Llora de
impotencia, su corazón late desbocado, su respiración es tan excitada que
siente como si sus doloridos pulmones fuesen a estallar. Entonces ve cientos de
manos que se acercan a ella. No… es ella la que se acerca a las manos. Oye
alaridos iracundos, las manos quieren atraparla, quieren hacerle daño.
Finalmente, grita aterrada, su corazón golpea tan fuertemente su pecho que
parece capaz de atravesarlo y salir disparado al exterior.
Entonces lo ve. Las manos no quieren
atraparla; las voces gritan, pero no execraciones, sino súplicas. Le están
pidiendo ayuda, quieren que ella las libere de su tormento, que las saque de lo
que parece el infierno. María alarga su brazo de forma inconsciente para ayudar
sin saber cómo. Roza apenas una de las manos y entonces siente como si hubiera
metido la suya en una hoguera, una quemazón horrible la obliga a retirarla. Y
ve horrores sin igual, como si con ese leve contacto, toda una vida de
vejaciones, dolor y martirios sin precedentes se hubieran transmitido a su
mente.
Contempla las caras de los condenados,
como lloran y suplican. Una sombra demoníaca y alada se acerca volando a ella.
No puede soportarlo más, grita como nunca lo hizo, una mezcla de ira y pánico.
Siente como le duele la garganta, como pierde la voz, sus cuerdas vocales a
punto de romperse, pero sigue chillando. Observa impotente como la sombra se
acerca cada vez más a ella inexorablemente… Entonces su visión se distorsiona.
Siente un fuerte envión que la regresa
violentamente a su cuerpo; oye su grito y se despierta. Su propio alarido la ha
despertado. Abre los ojos, se incorpora sentándose en la cama y mira al suelo.
No ve agujero ni luz alguna. Mira su mano, no tiene marcas, pero aún le duele
la quemazón y recuerda las terribles imágenes que visualizó.
Se levanta llorando, se arranca a tirones
la blusa con la que dormía, quedándose totalmente desnuda. Loca de rabia,
arroja los jirones lejos de sí y se abraza, compungida, llorando y gimiendo,
temblando, y siente que su piel está ardiendo. Instintivamente, corre a la
ducha, se quiebra bajo el agua helada, se desmorona y cae llorando de rodillas.
Solo fue una pesadilla, pero era demasiado real, incluso aún le duele la mano.
¿Y si no fue un sueño? Sí que lo fue.
Siente ganas de acabar con su vida, ya no
puede más, está harta de vivir, el insomnio convierte su miserable existencia
en una tortura continua. Angustia, ansiedad, amargura, odio, ya no sabe lo que
siente, es un torbellino de sensaciones nefastas. Piensa que se está volviendo
loca. Sale de la ducha, corre desnuda y mojada hacia la mesa donde había
cenado, y toma el cuchillo que había utilizado, dispuesta a quitarse la vida.
Se dispone a atravesarse el corazón, apoya el frío metal en su piel, y la punta
atraviesa apenas la primera capa de la piel dolorosamente. El pinchazo la hace
retroceder, pero no queriendo sucumbir ante la duda, vuelve a posicionarlo
contra su pecho, armándose de coraje. No puede controlar el temblor de su
cuerpo, ni los sollozos que escapan de sus labios… Entonces, algo cambia en su
interior de repente, el miedo y la depresión se tornan en una furia inusitada,
no quiere hacerlo; no va a dejarse ganar.
Ya no llora, se alza estirando su cuerpo
llena de ira. Regresa al cuarto de baño, contempla su semblante en el espejo,
sus ojos coléricos, mira su seno y unas gotas de sangre resbalando desde él
hasta su vientre. Vuelve a entrar en la ducha despacio, el agua se tiñe de rojo
limpiando su sangre. Mira hacia arriba, con el agua golpeando su rostro. Una
súbita energía la recorre, a pesar de estar exhausta y no haber dormido. Siente
que podría afrontar casi cualquier cosa. La adrenalina vigoriza sus músculos de
una forma increíble, está demasiado furiosa.
Sale de la ducha y seca su cuerpo. Se
sienta en un pequeño sofá. Esta noche no dormirá más, pero descansará lo que
pueda.
Algo tras la ventana la observa, una figura alada y diabólica. Lo que podría llamarse su cara se contornea por la frustración, sus ojos irradian un odio mefistofélico. Sin más se sumerge volando en la oscuridad de la noche.
miércoles, 10 de octubre de 2007
Clínicamente muerto, emocionalmente muerto
Abro los ojos, el dolor sacude mi cuerpo. Veo médicos y enfermeros a mi alrededor, estoy en una camilla que es empujada rápidamente. No sé cómo he llegado aquí, lo último que recuerdo es un camión que invadió mi carril y se dirigía hacia mi coche. Me duele mucho, apenas puedo pensar. Entramos en un quirófano, todos están demasiado nerviosos, mala señal. Me conectan unos cables, no soy demasiado consciente de ello, todos bailan en torno a mí sin parar, no puedo oír con claridad lo que dicen. De repente, un dolor indescriptible. ¿Me muero? No veo la luz, la gente habla de una luz y de un túnel, yo sólo veo una creciente oscuridad que avanza inexorablemente hacia mí hasta que acaba engulléndome. No me importa, ha llegado mi hora. ¿Para qué luchar? Tampoco se puede decir que en los últimos años haya tenido una vida a echar de menos. Todo se apaga.
Abro los ojos, no siento nada. Veo
los médicos entristecidos. Ahora oigo claramente las palabras: “Está
clínicamente muerto”. Pero ¿qué dice? Estoy aquí. Y entonces lo veo, inerte
sobre una camilla, es mi cuerpo. ¿Qué está pasando? Lo veo desde arriba, floto
sobre mi cuerpo. Elevo mis manos a la altura de los ojos para verlas, pero no
tengo manos, no tengo ojos. ¿Cómo puedo ver? No tengo cuerpo. ¿Cómo puedo oír?
¿Qué soy? ¿Alma? El único sentimiento que tengo es que no soy capaz de sentir.
También oí que en la muerte no sentimos y por eso somos felices. Me doy cuenta,
lo supe, aunque no quise aceptarlo, estoy muerto. ¿Pero por qué lo lamento?
Hace un momento cuando estaba vivo no me importaba morir. Mas no soy feliz sin
sentimientos, quizá dentro de una eternidad cuando ya no recuerde cómo son,
pero ahora no. Han mentido, no soy feliz. Entonces me doy cuenta, en los
últimos años he sido un muerto en vida, emocionalmente muerto, sin
sentimientos, y no me importó, también lo supe y no quise aceptarlo. Por eso
quizá no lamenté morir. Pero ahora estoy muerto y quiero, necesito esos
sentimientos que no tenía en vida. Quiero vivir, una segunda oportunidad,
aprovechar la vida, no matarla con penas amargas que consumen todo sentimiento
hasta que no se es capaz de sentir ni tristeza. Sin embargo, no puedo estar
muerto, todo esto que bulle por mi mente, porque al menos ser pensante sigo
siendo aunque no material, son sentimientos, incluso cuando solo sentía que no
era capaz de sentir, eso era un sentimiento. En la muerte, no los hay, eso
dicen. ¿Pero quién ha vuelto de la muerte para confirmarlo? Me da igual, yo
quiero vivir, siento unas ganas de vivir cómo no he sentido nunca. La rabia me
posee, una rabia desmesurada cómo jamás había experimentado. Entonces lo oigo:
“Un golpe de adrenalina”. Los médicos vuelven a abalanzarse sobre mí. Al
instante siguiente sigo viendo, pero no me veo a mí, veo los focos del techo
del quirófano, siento dolor atenuado por los calmantes, estoy vivo. Otra vez no
oigo de forma clara lo que dicen, pero dejan de bailar a mi alrededor y se dan
la mano unos a otros sonrientes. Viviré. Y mi vida otra vez no malgastaré, pues
nunca más un muerto en vida seré. Ahora en paz dormiré; y mañana despertaré.
Todo se apaga.
martes, 9 de octubre de 2007
Pesadilla Humorística
Recuerdo aquella fatídica
mañana en la que mi vida cambió para siempre. Se disfrutaba un tiempo
primaveral, muy agradable. Mi vida era perfecta, tenía un trabajo estupendo,
una novia maravillosa con un cuerpo de modelo, todo me iba bien. Pero todo
puede desvanecerse en apenas un instante.
Me levanté de la cama temprano para ir a
trabajar como de costumbre. Después de ducharme me hice el desayuno y cuando
estaba a punto de saborearlo, lo oí, un grito desgarrador, mi novia chilló
aterrorizada en el cuarto de baño. Me dirigí raudo a socorrerla con la mente
llena de imágenes horrendas, toda clase de desgracias se pasaron por mi mente
en pocos segundos.
Tiré la puerta abajo con el hombro, a
pesar de que nunca cierra con pestillo, no estaba para sutilezas. Entonces la
vi, llorando aterrada en el suelo. No era la mujer que había conocido, temblaba
totalmente poseída por el terror. Encogida, intentando refugiarse en sí misma,
parecía totalmente ida.
-Cariño. ¿Qué te pasa? –pregunté
desconcertado mirando alrededor en busca de un posible peligro.
Entonces, lentamente levantó el dedo y
señalando hacia un lado gimió:
-He engordado un gramo.
Entonces
vi que señalaba, una báscula de baño que se había comprado hacía apenas unos
días. No pude contenerme, la alegría al comprobar que no había peligro alguno y
la sorpresa al descubrir la causa que había provocado la situación, hicieron
que estallara en una sonora carcajada. Ella se levantó y me dio un más sonoro
todavía tortazo.
-Hemos terminado, eres un insensible
–dijo mientras se marchaba llorando.
No salía de mi asombro. Pero se me hacía
tarde y debía prepararme para ir al trabajo. Luego intentaría solucionarlo.
Cuando salí por la puerta hacia el
ascensor, un vendedor me asaltó, le dije que no tenía tiempo sin importarme que
vendía.
-Pero es que le ofrezco unas estupendas
básculas de baño –replicó.
Le clavé una mirada fija y penetrante que
provocó huyera asustado.
-Maldita casualidad –exclamé.
Bajé al garaje y entré en mi coche, un
estupendo deportivo nuevecito que me había comprado dos meses antes. Entonces
vi en mi limpiaparabrisas un folleto con un anuncio de la inauguración de una
tienda. Leí: “Oferta especial básculas de baño al mejor precio”. Saqué el brazo
por la ventanilla y arrugué el papel furioso. Mi corazón latía con mucha fuerza
y tenía sudores fríos. Arranqué derrapando, y cuando apenas llevaba unos
minutos de trayecto, una furgoneta de reparto chocó conmigo cuando ésta daba
marcha atrás de forma antirreglamentaria invadiendo un cruce de vías. Sus
puertas traseras se abrieron por el impacto y su carga cayó sobre mi parabrisas
delante de mis narices. Eran básculas de baño. Salí del coche enfurecido y le
di un puñetazo al repartidor haciéndole perder el conocimiento. No pude
contenerme, la visión de las básculas de baño me hizo perder el control. Seguí
camino hacia mi trabajo, obviamente me fui sin cubrir los papeles de accidente,
habiéndole pegado al repartidor, al final yo saldría perjudicado.
Ya por fin en la oficina, me senté tras
mi escritorio e intenté olvidarlo todo por unas horas. Entonces me avisaron que
el jefe quería verme. Me dirigí a su despacho y le pregunté el motivo por el
cual me había hecho llamar.
-Tenemos que hacer una reducción de
personal –me dijo-. La empresa ha hecho una mala inversión y debemos hacer
ciertos recortes. Lamentablemente tenemos que prescindir de algunas personas y,
lógicamente, les toca a los que llevan menos tiempo trabajando en la empresa, a
los que llevan menos de tres años.
No podía creerlo. En apenas un par de
horas mi vida se había ido al garete.
-No se preocupe –añadió-. Le daremos una
compensación económica y, a título personal, le hago este pequeño regalo,
espero que le guste, es lo último en tecnología.
Abrí el paquete. No podía ser. Una
báscula de baño. Golpeé con ella a mi superior lanzándolo inconsciente sobre su
escritorio. Salí despavorido de su despacho. Una vez en la calle pensé que no
podía huir en mi coche, mi jefe me denunciaría en cuanto recobrase el
conocimiento y lo buscarían. Debía obtener otro vehículo, así que me dirigí a
un concesionario. Una vez allí adquirí un automóvil pequeño, pero rápido y poco
llamativo. Pagué la entrada con mi tarjeta de crédito. Eso me daría tiempo a
huir aunque la policía acabaría descubriendo la compra. Cuando me disponía a
salir del concesionario con mi coche nuevo, el vendedor me dijo:
-Tenemos una oferta especial este mes,
hacemos un regalo por la compra de un vehículo nuevo.
Al instante apareció increíblemente con
una báscula de baño. Algo estalló en mí interior. Aceleré atropellando al
comercial dejándolo herido y atravesé el enorme cristal que daba al exterior
dándome a la fuga.
Pisé el acelerador a fondo presa del
pánico, casi enloquecido. En mi agitada carrera me salté un semáforo y, para
evitar atropellar a un peatón que apareció delante, di un volantazo que provocó
me empotrara en una tienda de electrodomésticos. Atravesé el escaparate
arrasando la tienda y mi coche se detuvo. Algo había traspasado el parabrisas
golpeando mi cabeza. No podía creerlo, era una báscula de baño.
La policía apareció al poco tiempo. Tuve un juicio y me declararon desestabilizado emocionalmente, o sea, loco de atar. Debido a que no había provocado daños humanos graves, por fortuna ni siquiera al vendedor atropellado, me impusieron una condena menor en un sanatorio psiquiátrico. El psiquiatra que trata mi caso es un buen hombre, me ha convencido de que no existe ninguna conspiración con las básculas de baño, todo está en mi cabeza. Ahora trabajo en un taller con otros pacientes. Me gusta, soy feliz trabajando, me siento útil a la sociedad, de nuevo integrado en ella. Fabricamos básculas de baño.
lunes, 8 de octubre de 2007
3 relatos: Terror / Terror 2 / El monstruo sin ojos
TERROR
Es de noche. Una noche
oscura y tormentosa. La lluvia arrecia fuertemente. Una chica camina de forma
apresurada, sin paraguas, protegida con un largo abrigo rojo. El agua ha
empapado su melena pelirroja. Está asustada. No hay nadie por la calle, solo
ella y su miedo. Recuerda lo que ha oído sobre las otras chicas, jóvenes como
ella, aparecieron muertas, con dos perforaciones en el cuello, mutiladas y con
una expresión en sus caras de profundo terror. Los forenses dictaminaron que
fueron torturadas y mutiladas en vida. Posteriormente se les causó la muerte
con un objeto punzante en el cuello.
Pero la gente sabe la verdad, aunque
nadie se atreve a decirlo por el pánico que les produce el solo hecho de oírse
a sí mismos. Ha sido el vampiro, el señor de la noche, ella es su aliada, a él
sirve. Es un ser inmortal, existe sin vida a lo largo del tiempo, alimentándose
de la sangre de los humanos, jugando con ellos, disfrutando con su sufrimiento.
Gobierna el mundo en las sombras.
La joven tiene la sensación de que
alguien la observa. Su corazón palpita con fuerza, su respiración se vuelve
agitada, se muerde el labio haciéndolo sangrar, todo su cuerpo se agita
tembloroso. La sensación de sentirse observada se vuelve certeza para ella.
Corre, su corazón se ha desbocado por el pánico, parece querer salir a través
de su pecho. Apenas puede ya respirar, no por el esfuerzo físico, el miedo la
ha hecho respirar tan apresuradamente que le duelen los pulmones. Siente un
sabor ácido en su boca, no sabe su origen, no sabe que es el sabor del terror.
Sus pupilas se dilatan, su cara se vuelve blanca como la nieve. Corre, llora aterrada.
En su carrera tropieza y cae. Su mandíbula golpea brutalmente el suelo.
Llorando levanta lentamente la cabeza.
Un rayo cae entonces iluminando en la
oscuridad. Entonces lo ve, de pie a unos metros por delante de ella, mirándola
con una mezcla de majestuosidad y profundo desprecio. Su larga capa negra ondea
al viento huracanado. Sonríe con placer mirando a su futura víctima. Lentamente
se acerca a ella. Ésta chilla aterrada, clavando sus llorosos ojos en los del
monstruo. Agarra un crucifijo que porta al cuello en una cadena, lo dirige hacia
delante. Entonces nota que no puede moverse, todos los músculos de su cuerpo
están rígidos como una sólida piedra. Es el poder del maligno, piensa. Ha oído
que este paraliza a sus víctimas con su poder sobrenatural. Pero entonces se da
cuenta, no es el vampiro quien la ha paralizado, es su propio miedo. Ese es el
poder del monstruo, infundir el terror en sus víctimas paralizándolas. El señor
de la noche esboza una sonrisa sádica mientras se acerca a su víctima. La
proximidad del crucifijo parece quemarle la cara, pero disfruta en una especie
de actitud masoquista.
La joven grita con todas sus fuerzas
hasta perder la voz. Pero no es lo único que pierde. También desaparece su
consciencia de la realidad. Ya no ve al vampiro, ni siquiera sabe que está ahí.
El terror inunda cada rincón de su mente. Esa es ahora toda su realidad, el
terror. El monstruo lo sabe, lo ha visto muchas veces. Contempla a su víctima
paralizada y enloquecida por el terror. El vampiro ríe complacido. Su risa
resuena ensordecedora en las profundidades de la noche. La torturará largo
rato, la mutilará y después la matará bebiéndose su sangre. Y gozará plenamente
haciéndolo.
Una noche oscura y fría.
Una joven apresura el paso hacia su casa. Es una chica alta, rubia, muy guapa.
Lleva un portalienzos con pinturas hechas por ella misma. Su pasión siempre fue
la pintura, aunque se dedicó a otra cosa por diversas circunstancias de la vida
y ahora ha vuelto a coger los pinceles. Viene de una galería de arte, les ha
gustado su trabajo, lo expondrán próximamente, pero ha estado allí más tiempo
del que esperaba y se ha hecho tarde, ha anochecido. Corren rumores de muchas
chicas muertas, corren rumores de monstruos en la noche, corren rumores…
Oye un bramido, gutural. Su corazón
empieza a latir fuertemente. Ve moverse una sombra en la oscuridad. Gime
asustada. Su respiración se vuelve más rápida. Sus ojos le escuecen, se han
llenado de sangre inyectada por su miedo.
Entonces ve unos puntos rojos frente a
ella. Una nube se desplaza dejando que los rayos del Sol que rebotan en la luna
iluminen la calle. Entonces lo ve, los puntos rojos son las pupilas de un
hombre alto. Sonríe sádicamente dejando entrever unos afilados colmillos. La joven
chilla aterrada presa del pánico. El monstruo se divierte con el terror de la
chica. El señor de la noche conoce bien su poder, infundir terror a sus
víctimas paralizándolas. Su propio miedo las deja como estatuas incapaces de
escapar ni oponer resistencia. El vampiro abre su boca y se dispone a morder a
la joven cómodamente.
Pero esta reacciona y golpea al monstruo
en la cara con su portalienzos. No le ha producido dolor físico, pero el vampiro
no puede ocultar una cara que refleja una mezcla de sorpresa y frustración. En
toda su existencia a lo largo de los siglos, jamás una víctima ha conseguido
moverse en su presencia, mucho menos rebelarse contra él. La chica con su
corazón a punto de estallar, grita de rabia. El terror la atenaza, es cierto, pero
nunca se ha rendido ante ninguna dificultad en toda su corta vida. El terror se
ha convertido en furia y ahora la desata.
El señor de la noche chilla enloquecido,
la frustración ha golpeado su orgullo, su seguridad en sí mismo desaparece. Su
mente se nubla, ataca iracundo como el animal que es. Ni siquiera mira a su
víctima, solo embiste. De repente un dolor en su pecho, baja la cabeza y
entonces lo ve. Un pequeño pincel promocional de madera clavado en su corazón.
Levanta la cabeza, mira a su asesina, la presa se convirtió en depredador. La
cara del vampiro refleja el más profundo terror. Solo conocía una cara de este,
el que infundía en sus víctimas. Pero ahora conoce la otra cara, sufre el
terror, lo vive, es lo último que vive antes de morir envuelto en llamas.
La chica recoge su portalienzos aún
asustada y se marcha corriendo del lugar. El señor de la noche murió
aterrorizado. Él fue su arma contra sí mismo, infundió el terror en su víctima
que desató la furia que lo mató. Y antes de morir conoció… el terror.

La chica de los ojos
oscuros, una chica especial, con una esencia divina, pero con una terrible
maldición. Sueña por las noches con monstruos sin ojos, le producen un pánico
atroz; se despierta sudorosa, con el corazón desbocado, sin apenas poder
respirar y temblando como un conejillo asustado.
Ha sido una mala noche, una noche de
pesadillas, como otras veces. Está en el vestuario del gimnasio duchándose
después de clase de gimnasia, una ducha conjunta donde con sus amigas habla de
las odiosas fórmulas de interés simple, capitales equivalentes y vencimiento
común, que tienen que estudiar para el examen de Tesorería de mañana. Mientras
se seca, se mira en el espejo, mira sus ojos, son oscuros, unos ojos preciosos,
pero ella los preferiría de color esmeralda. Es la última en vestirse, ha
estado pensativa, recordando la última pesadilla, parecía tan real.
Se encuentra sola en el vestuario, agarra
su mochila para irse. Y entonces lo ve, delante de ella, es un monstruo sin
ojos, como el de sus pesadillas, pero ella está despierta ahora. Un terrible
grito ensordecedor suena en lo más hondo de su ser, pero sus cuerdas vocales no
emiten sonido alguno. Permanece sumida por el terror, la pesadilla es real.
Corre con el pecho a punto de explotar.
El monstruo la sigue, da pequeños pasos, pero es tan rápido como ella. No
importa lo rápido que corra, él siempre se mantiene justo detrás. Siente su
aliento en la nuca, un aliento helador, pero que al mismo tiempo quema como si
fuera fuego del mismísimo infierno. Emite pequeños gruñidos, como un perro
salido del averno. Le lanza la mochila, pero el monstruo la esquiva sin
inmutarse. Mira hacia atrás aterrada, tropieza y cae. Llora en el suelo
mientras el monstruo se acerca inexorablemente. No tiene ojos, pero parece ver,
se fija en los ojos de ella. Entonces lo entiende, quiere sus ojos. De entre
todas las chicas, quiere los suyos, el monstruo siempre quiere los más bonitos,
no se conforma con otros.
Se detiene ante ella, alarga su mano,
pero entonces la retira, como si se hubiera quemado. Otra vez la alarga y ahora
chilla dolorido. Los ojos de la chica comienzan a brillar como una estrella en
el firmamento. El monstruo empieza a arder, en pocos segundos está envuelto en
llamas y finalmente queda reducido a cenizas.
La chica de los ojos oscuros, a través de
los cuales se puede ver su alma brillante. El monstruo se había enamorado de
sus ojos, pero la luz que salió a través de ellos desde su alma, consumió la
oscuridad del monstruo.
La chica se levanta, ya no llora, ya nunca más tendrá pesadillas. Y ya nunca más deseará tener ojos de color esmeralda.
sábado, 6 de octubre de 2007
666 (Sátira sobre Software)
Estaba escrito que el fin del mundo, el Apocalipsis, llegaría por obra del hijo de Satán, el Anticristo. Satán, como ya había hecho en anteriores ocasiones a lo largo de la historia, viajó al mundo terrenal con apariencia humana. Como las otras veces, buscó una mujer joven y fuerte para que fuera la madre de su hijo. Tenía que ser una mujer casada y que mantuviera relaciones con su marido periódicamente para no despertar sospechas. Se encaprichó de una joven rubia y atlética, muy atractiva. Entró en su casa y la poseyó, practicando el sexo más salvaje y depravado que se pueda imaginar. Satán con su malvado poder hizo que su mente lo olvidara y nueve meses después nació su hijo. Su nombre era Software. Este niño empezó a prepararse para su misión estudiando a sus hermanos de tiempos pasados: Atila, Genghis Khan, Hitler… Todos ellos fueron hijos de Satán que fallaron en su misión. Al igual que ellos se preparó para ser un gran líder y formar un poderoso imperio. Creció observando a los humanos para conocer sus debilidades, haciéndose pasar por uno de ellos, ganándose su confianza. Viendo que todos sus hermanos fallaron a pesar de haber construido grandes imperios, decidió cambiar de táctica. Su imperio no debía ser militar. Se fijó en el posible potencial de la industria informática y vio en ella su medio para dominar a los humanos. Utilizando su poder sobrenatural, empezó a apoderarse de diversos sectores de esta industria y logró formar un poderoso imperio informático. Ya formado, el Imperio extendió sus malévolos tentáculos introduciéndose en todos los campos empresariales e industriales. En poco tiempo toda la economía mundial estaba bajo su poder. Ninguna empresa, ningún banco, nada podía funcionar sin los programas informáticos del Imperio. Incluso estaban bajo su dominio usuarios particulares en sus casas. El Imperio llegó a tener más adeptos que cualquier religión del mundo. Como una secta destructiva, obligó a sus súbditos a pagar un tributo cada poco tiempo. Había que comprar actualizaciones de los programas continuamente, pues estos se quedaban obsoletos en cuestión de semanas. Todos los programas del Imperio fueron la droga más usada del mundo. Prácticamente todo el planeta estaba enganchado. Software en su trono se reía viendo como los pobres humanos intentaban inútilmente manejar sus productos. Pero estos fallaban inteligentemente, arruinando proyectos, trabajos, vidas. Todos en el planeta sufrían, pero no podían hacer nada, eran adictos a las drogas informáticas del Imperio. Pero esto no era suficiente, el broche final para llevar a cabo su plan fue el “Efecto 2000”. Algunos profetas lo predijeron y los humanos aterrados intentaron prepararse para ello durante meses, pero fue inútil. Finalizado el 31 de diciembre de 1999 a las 00:00 h, cuando comenzó el año 2000, empezó también el Armagedón. Todos los ordenadores fallaron, la industria y la economía colapsaron, la electricidad dejó de funcionar, los trenes descarrilaron, los aviones se estrellaron… Los misiles de todos los países se dispararon controlados por los ordenadores, destruyendo todas las fuerzas militares y policiales del mundo. El caos y la destrucción reinaron en la Tierra. La ley había sido eliminada, los humanos empezaron a pelearse por comida y ropa. Pero había desaparecido todo vestigio de humanidad en ellos. Ya no eran humanos, se comportaban como alimañas egoístas y enloquecidas, peleándose y matando por un trozo de pan. Software había triunfado. Por fin un hijo de Satán se había apoderado del mundo. La risa de Satán resonaba ensordecedora en los confines del infierno. Dios observaba apenado como su creación se había destruido. Pero aquello no fue el fin del mundo, fue un nuevo origen. Satán mandaba ahora y Dios era el que debía actuar en las sombras. Se había producido un cambio de Dirección General; y aquello era solo el principio.
viernes, 5 de octubre de 2007
Sed
Sed. Tengo mucha sed. Hace
noches que no bebo. Pero se lo prometí a mi amada. Por ella lo dejaría. La
necesidad y el deseo por el para mí precioso líquido, envuelve todo mi ser. A
veces me retuerzo desesperado clamando por unas simples gotas. Pero le prometí
a mi amada que jamás volvería a beber. Mi amor por ella es tal, que sin ella no
sería nada. Da sentido a mi paso por este mundo. Por ella lo daría todo,
incluso mi propia existencia. No te preocupes cariño, no volveré a beber, no
faltaré a mi promesa. La fortaleza es parte de mi esencia, aunque también lo es
la necesidad de saciar mi sed y esta a su vez una razón de mi fuerza. Pero mi
amor por ella es sólido y este me dará la voluntad necesaria para cumplir lo
prometido a mi amada.
Durante siglos me he alimentado con la
sangre de los humanos. Soy el señor de la noche, el vampiro. He matado, he
torturado, he mutilado, he disfrutado con mis ovejas humanas. Esos insulsos y
patéticos humanos han osado rebelarse contra mí en múltiples ocasiones a lo
largo de su historia, pero siempre fracasaron. Soy inmortal, existo sin vida
desde tiempos remotos. El Diablo que ronda sobre la tierra, me llamaron
algunos. Pero no, ese otro sabe muy bien donde está su lugar, en las
profundidades del infierno, esos son sus dominios. Pero el mundo mortal es mío.
Él sólo puede influenciar a los humanos, no actuar, y solo durante el día, la
noche es mi aliada. ¡Aquí mando yo!
Pero un día conocí a mi amada. Una
humana. Iba a ser una de mis víctimas. Pero algo en ella invadió mi ser. El
amor nació en mí. Nunca entendí el amor, lo veía en los humanos y me reía con
prepotencia. Pero ahora lo entiendo, lo conozco, lo siento. Decidí convertirla
en vampiresa, hacerla reina de la noche y juntos gobernar este mundo en las
sombras.
Entonces comprendí lo falaz de mi pensamiento. Me enamoró su pureza, su bondad, su humanidad. No sé el motivo y tampoco me importa, pero así fue. No podía convertirla, no podía arrancarle su vida, su humanidad. Y entonces ella me lo dijo: “No puedo entregarle mi corazón a un monstruo, debes dejar de beber”. Y yo se lo prometí. Y el señor de la noche no faltará a su promesa. Pero tengo sed. Tengo mucha sed.
jueves, 4 de octubre de 2007
Bárbara: Diosa Olímpica
El monte
Olimpo, la montaña más alta de Grecia, hogar de los dioses olímpicos, ubicado
en el mundo terrenal cerca del mar Egeo, pero imposible de acceder por ningún
mortal, ya que su entrada es una puerta de nubes protegida por las diosas de
las estaciones. Zeus se sienta majestuosamente en su trono, todos temen su
cólera y evitan contrariarlo. A su lado, su esposa Hera, sus celos son
legendarios. Se está celebrando una gran fiesta. ¿El motivo de la celebración?
Ninguno. A los dioses les gusta tanto festejar como martirizar a los humanos.
Hay abundante néctar y ambrosía. Las musas deleitan con sus danzas, poesías...
Dioniso, dios del vino, ríe y grita embriagado. Hércules, hijo predilecto de
Zeus, nacido de uno de sus amoríos con una humana, se pasea seductor ante las
mujeres. Afrodita, diosa del amor, luce resplandeciente; su belleza despierta
la envidia de las mujeres y el deseo en los hombres. Ares, dios de la guerra,
es el único que no se divierte demasiado, amante de la violencia, no concibe
una fiesta sin sangre.
Todos los dioses tienen atribuida una
función y son dioses de la misma. Todos excepto una mujer, Bárbara. No ha
encontrado ninguna causa de la que hacerse cargo que le interese. Se cuenta que
una vez, Zeus la obligó a ser diosa del amor. Pero su desinterés y total falta
de romanticismo, provocó que la especie que poblaba la tierra se extinguiera
por disminución masiva de la natalidad. Zeus creó entonces a los humanos
haciéndolos a su imagen y semejanza. Después le cedió el puesto de diosa del
amor a Afrodita.
Bárbara se encamina hacia Zeus. Es una
mujer muy atractiva, compite en belleza con Afrodita. Alta, cuerpo atlético,
exuberante y una melena pelirroja. Viste un conjunto de cuero. Lleva unas botas
también de cuero y unas muñequeras de oro. Una espada con empuñadura de piedras
preciosas, uno de los mejores trabajos de Hefesto, dios de la metalurgia,
cuelga de su espalda en una vaina negra. Camina con paso firme y una mirada
fija. Normalmente, los dioses que se dirigen a Zeus lo hacen con un aire más
humilde.
-¿Qué se te ofrece, Bárbara? –pregunta
Zeus.
-Has abandonado al pueblo minero
–responde-. ¿Por qué? Los vikingos los han invadido. Ahora los hacen trabajar
para ellos como esclavos, llevándose lo que extraen de las minas.
-¿Desde cuándo te interesas tú por algo?
-No me gustan las injusticias. Los vikingos
son guerreros, los mineros no. No fue una pelea justa.
-No puedo hacer nada. Los vikingos adoran
a los dioses de Asgard. Si yo intervengo, empezaría una guerra contra Odín y
los suyos.
-Resumiendo, no vas a hacer nada.
-No puedo.
Bárbara no insiste más, sabe que sería
inútil. Zeus nunca empezaría una guerra entre dioses. Sin decir nada más da
media vuelta y se va. Hércules se dirige hacia ella y la rodea con su brazo.
-No pienses más en eso y únete a la
fiesta –dice Hércules sonriente.
-Creía que el gran Hércules siempre está
dispuesto a ayudar a los humanos –responde Bárbara.
-En este caso no puedo hacer nada. Yo
defiendo a los humanos de la maldad de los dioses. Pero no voy a enfrentar al
Olimpo con Asgard.
Bárbara aparta el brazo de Hércules sin
mirarlo y se va.
Unas horas más tarde aparece en la
colonia minera, caminando como si nada, con paso decidido. Los mineros trabajan
bajo la mirada vigilante de sus invasores. Unos vikingos la ven y se dirigen
hacia ella espadas en mano. Pero en ese momento un rayo impacta en el suelo y
aparece Thor, dios del trueno, héroe predilecto de los vikingos, hijo
primogénito de Odín, el soberano de los dioses de Asgard, y de Jord, una de sus
tres esposas. Thor es un dios alto y musculoso, rubio, forjado en innumerables
batallas y armado con un martillo mágico.
-Dejadla –ordena Thor.
Los hombres obedecen sin pensárselo,
todavía maravillados por la visión de su dios.
-Eres una diosa del Olimpo. ¿Qué haces
aquí? Si atacas a mis hombres tendrás que enfrentarte a mí.
-Tus hombres han esclavizado este pueblo.
-Los humanos dirigen su destino. Pero si
una diosa interviene contra mi gente, yo también lo haré.
Ante la indiferencia de Bárbara, Thor
golpea el suelo con su martillo. El cielo se encoleriza llenándose de
relámpagos y truenos. Una lluvia torrencial se desata y tanto vikingos como
mineros se estremecen. Cuando hubo cesado y el Sol vuelve a salir, Bárbara, con
gotas de lluvia deslizándose suave y lentamente por sus mejillas, dice:
-Yo también sé hacer truquitos.
Entonces sus ojos verdes se vuelven de
color fuego, aprieta sus puños y grita con una fuerza increíble. Al instante,
una parte de las minas que estaba vacía estalla violentamente en una sucesión
de explosiones. Después saca su espada, la voltea sobre su muñeca y la pone en
posición de combate. El filo de su hoja refleja los rayos cegadores del Sol.
Inmediatamente salta una distancia impensable para un ser humano hacia el dios
de los cabellos dorados. El choque de su espada contra el martillo de Thor
provoca una terrible onda expansiva que hace resquebrajarse la tierra. Después
ambos saltan hacia atrás de espaldas. Bárbara voltea de nuevo la espada sobre
su muñeca con gran pericia. Acto seguido se lanzan otra vez a la pelea. Los
humanos allí presentes están hipnotizados viendo el espectáculo. Nunca han
visto un combate igual. Luchan a una velocidad y con una fuerza impresionantes.
El suelo tiembla bajo sus pies.
De repente los mineros reaccionan. El ver
a una mujer peleando contra Thor con esa valentía para defenderlos a ellos, les
infunde valor. Armados con mazas y martillos, atacan a los vikingos. Poco a
poco van ganando terreno. Sus captores no pueden creer lo que está ocurriendo,
pero los corazones de los mineros son más fuertes que los músculos de los
vikingos. En poco tiempo se apoderan de sus armas y se hacen con el control.
Entonces Bárbara y Thor detienen su lucha. Thor mira a sus hombres vencidos.
-Los humanos
dirigen su destino –dice Bárbara-. Se han liberado ellos solos. Esta pelea ya
no tiene sentido.
-Tu valentía los ha liberado, no tu poder
de diosa. Tú ganas, diosa de los mineros. Sin decir nada más se va de la misma
forma que apareció, con un rayo.
-Diosa de los mineros. ¡Lo qué me faltaba,
vamos! Me gustaría tener ese medio de transporte, yo tendré que volver andando.
Enfunda su espada y se encamina hacia
casa. Los mineros la despiden con gritos vitoreándola. Ella camina con la
mirada fija hacia delante haciendo caso omiso de estos.
Lo cierto es que poco importa si quiere o no ser su diosa. Desde aquel día todas las oraciones de este pueblo y sus descendientes irían dirigidas hacia ella.